
El periodista de tinta
Por
Mónica Cruz Rosas
Mi primer ídolo periodístico
fue de tinta.
Tintín, el reportero adolescente de Bruselas, me convenció de seguir la noticia
el resto de mi vida. Sí, mi inspiración para convertirme en periodista fue un
personaje de historieta.
Suena
raro,
pero incluso a mis 12 años creía que un periodista como Tintín sólo podía vivir
en las páginas de un libro de ficción: un reportero que a los 14 años ya cubría
temas de coyuntura internacional, un idealista, incorruptible, que no se
doblegaba ni ante el más temible gánster neoyorkino ni el más poderoso dictador
sudamericano.
Estaba
equivocada. Los prodigios del periodismo sí existen. Son raros especímenes que
nacen con tinta en las venas, con ojos suprahumanos que logran captar los detalles que se escabullen de la
visión ordinaria. Para ellos la noticia no es una partícula que sólo se
encuentra con lupa. Las noticias están en todas partes y se pegan a ellos como
un imán.
Carlos
M.
Castañeda pertenece a esa breve lista de periodistas. Don Carlos (sé que así lo
hubiera llamado si lo hubiera tenido la oportunidad de conocerlo) comenzó su
carrera de reportero y editor en una Cuba intranquila, ávida de cambio, cuando
la sangre de la isla hervía a su punto máximo. No fue coincidencia. La época
pedía a gritos un periodista que observara la Revolución, sus personajes y
alicientes desde un punto de vista crítico, falto de pasión e impulso.
No
hubo mejor entrenamiento que esta crucial transición política y social para que
Don Carlos desarrollara un elemento esencial que todo periodista debe adquirir
a la par de sus habilidades para escribir, entrevistar, investigar y editar.
Ese
talento no se aprende en el aula y ni siquiera dentro de la redacción, es un
sentido de olfato para detectar la censura, ya sea latente o presente. Una vez
descubierto ese virus invasivo, un impulso obliga al cuerpo y a la mente pelear
sin descanso para acabar con él y proteger a toda costa la libertad de
expresión y el poder de informar.
Don
Carlos, guiado por ese impulso, trabajó en la revista Bohemia como un reportero
incansable que no le temía a la ofensa ajena o la represión de un sistema
alérgico a la disidencia.
Sus
entrevistas a Fidel Castro y a Ernesto “Che” Guevara fueron simbólicas. No sólo
reflejaban el ocaso de la lucha revolucionaria, también el primer y último
encuentro entre el gobierno castrista y la prensa cubana libre e independiente.
Don
Carlos predijo el fin de la libertad de expresión y prensa en su país natal,
probablemente antes que los represores mismos.
Con
el corazón roto pero con una visión periodística inquebrantable, Carlos M.
Castañeda se despidió de Cuba y continuó su vocación en Estados Unidos.
Don
Carlos pudo haberse intimidado ante la gigantesca y caótica Ciudad de Nueva York.
Pudo haberse sentido perdido en ese monstruo de asfalto y metal, y haberse
conformado con un trabajo secundario o terciario en la redacción de alguna de
las miles de publicaciones neoyorkinas. Ese nunca fue su destino. Un periodista
con tinta en las venas está hecho para romper paradigmas, cumplir misiones que
parecían imposibles y defender su oficio sin claudicar mientras guía a otros en
su camino. Don Carlos hizo
exactamente eso.
Leí el nombre de Carlos
M. Castañeda por
primer vez cuando escribía mi tesis de licenciatura sobre periodismo
estudiantil. Buscaba ejemplos de periodistas que habían comenzado su carrera
desde estudiantes para probar mi punto de que el periodismo estudiantil forma a
grandes periodistas.
Y
que mejor ejemplo que un editor y reportero cubano que no sólo colaboró en el
periódico de su colegio sino que lo convirtió en un medio rentable.
El
talento innato de Don Carlos para impulsar los medios de comunicación era
indiscutible. No por nada le apodaron “el doctor del periodismo”, pero él
representaba una rara combinación: tenía la visión empresarial de los grandes
impulsores de la comunicación masiva como William Hearst. Tenía una
impresionante habilidad para vender periódicos, de captar la atención de las
personas y convertirlas en fieles lectores.
Pero
a
diferencia de los magnates de las publicaciones estadunidenses, Don Carlos era
primero que nada periodista. Un periodista entiende que antes que las ventas,
que el impacto, que los espacios publicitarios está la información y que la
información no son datos esporádicos, cifras o citas alineadas en columnas.
Un
medio informativo debe guiar a la audiencia en un mundo que a ratos parece no
tener sentido. Para lograrlo, un medio y el equipo que lo conforma debe ser
franco con la audiencia y presentarle la el mayor numero posible de
perspectivas de puntos de vista de factores. Sin contexto no hay noticia.
No
es posible cumplir esta misión sin la libertad de prensa y la libertad de
expresión. Esto lo entendía Don Carlos a la perfección. Y a diferencia de los
falsos defensores de la libertad, este periodista no se dedicó a gritar
consignas y a dar discursos rimbombantes sobre la importancia de la prensa en
la democracia. Él demostró sus ideales a través de acciones concretas.
Don
Carlos revivió un periódico de Puerto Rico y lo convirtió en El Nuevo Día, qué
nombre tan atinado. Junto con El Nuevo Día, Don Carlos también contribuyó a un
nuevo despertar de la sociedad puertorriqueña
que desgraciadamente ha estado acompañada de conflictos políticos,
discriminación y la represión. El
Nuevo Día le inyectó una dosis de poder e identidad al reflejar en sus páginas
un sentir propio y no el de una sociedad ajena.
Don
Carlos no sólo creo un periódico de puertorriqueños para puertorriqueños, creó
un espacio donde todas las voces participaban en un debate robusto del ambiente
político y social del Puerto Rico, la única forma de entenderla y llevarla a un
mejor estado.
El
fundador de El Nuevo Día sabía que creer en la libertad es creer en la libertad
para todos y no solo unos cuantos. Es por eso que tiró los conceptos arcaicos
de la “sección rosa”, las noticias
ligeras para mujeres, cuyos autores las consideraban incapaces de leer y
entender el resto de los artículos en el periódico.
Sería
un error pensar que el éxito de las publicaciones dirigidas por Carlos M.
Castañeda se debieron únicamente a su perspicacia en el negocio editorial.
Los
medios de
comunicación son tal vez el único producto comercial en el mundo cuya
prosperidad esta sujeta a la credibilidad, a la veracidad, al pensamiento
progresista y el ejercicio de los derechos universales de expresión. Un medio
que no sigue estos valores, es un medio destinado a desaparecer.
Don
Carlos
entendía que la libertad de prensa no es solo el derecho a escribir y a
publicar, es abrir las paginas de la publicación a voces e ideas que rara vez
son consideradas. Es fácil defender el punto de vista popular, el que concuerda
con el gobierno y el status quo, es el impopular y el incomodo el que debe
defenderse. Los policías enredaron la manija de la puerta
con una larga cadena y unieron los extremos con un candado. Debían cerciorarse
que desde ese momento nadie entrara o saliera de la redacción del periódico
estudiantil. Eran órdenes de los altos mandos de la universidad.
Esa
fría noche de enero cuando atestiguaba mi primera experiencia con la censura,
mil pensamientos martillaban mi cabeza, pero sólo uno se mantenía claro y
estático: “Tengo que hacer algo”.
En
2007, el periódico estudiantil de mi universidad donde había trabajado desde mi
primer semestre fue censurado por la administración de la universidad. La razón
me la dijo uno de los decanos: “Se volvieron demasiado profesionales”.
La
verdad es que nunca supimos qué artículo, qué fotografía o caricatura había
sido la causante de la extrema medida. Nosotros sólo cumplíamos la misión de
hacer periodismo para la comunidad universitaria, siguiendo los mismos
estándares de veracidad, balance y ética que los grandes diarios internacionales.
Pero
la universidad que sufría una crisis financiera y política no podía darse el
lujo de tener un periódico estudiantil que expusiera la lucha de poderes e
intereses que ocurría dentro del campus. Para mantener su buena imagen
realizaron el contradictorio acto de reprimir las voces dentro de la
universidad.
Antes
de esa noche, creía entender el concepto de libertad de prensa, lo había leído
en los libros y en los reportes de las organizaciones de periodistas, pero fue
la censura del periódico estudiantil lo que me hizo entender la importancia de
defender la prensa libre.
Desde
entonces, exponer y denunciar la censura es mi segundo empleo. Sigo los pasos
de periodistas como Carlos M. Castañeda que no sólo defienden su derecho a
escribir y hacer noticias sin censura, sino el derecho de los que no pueden
defenderlo por si mismos.
Como
un importante miembro de la Sociedad Interamericana de Prensa, Don Carlos
denunció los maltratos y las reprimendas a periodistas cubanos que arriesgaban
su integridad y su salud física y mental para exponer la realidad de su país
sin el maquillaje propagandístico de la prensa oficial.
También
le dio espacio en la páginas del Nuevo Herald a los textos de estos
periodistas, mostrando al mundo una Cuba más transparente, sin estigmatizarla o
aplaudirla, simplemente proyectando un país lleno de contrastes y
complejidades.
Más
que convertirme en una famosa y respetada reportera quisiera convertirme en un
abogada de la libertad de prensa en mi país.
México
es uno de los países más peligrosos para ejercer el periodismo. El narcotráfico
y los gobiernos corruptos buscan tumbar el oficio periodístico con los métodos
más brutales.
Muchos
periodistas han sido asesinados haciendo su trabajo. Los que estamos vivos tenemos la obligación
de denunciar la censura, pero sobretodo continuar con el trabajo de los que ya
no están.
Carlos
M. Castañeda nunca dudó en hacer ambas. Defendió los derechos de los
periodistas y expuso la censura incluso en sus últimos días. Lo malo de ser periodista es que el
oficio nunca está en sincronía con el cuerpo. La pasión por encontrar y
reportar la noticia mantienen el mismo ímpetu y energía desde que su origen,
pero el cuerpo se desgasta y nos traiciona. Las personas más cercanas a Carlos M. Castañeda coinciden en que el
periodista se fue demasiado temprano.
Pero
dudo que su carrera periodística haya llegado a su fin. Él aseguró que su
vocación trascendería su estancia en la Tierra. Prometió la fundación de un
periódico en el cielo. Basta con dar un vistazo a su historial de publicaciones
para decir con seguridad que ese periódico ya está en circulación.
Quién
sabe qué
estará pasando en el cielo, qué sucesos son los que provocan las lluvias o los
paisajes despejados, pero estoy segura que aquella publicación tiene una
sección de noticias terrestres.
Dudo
mucho que
Don Carlos no esté tentado a asomarse de vez en cuando para observar este
caótico planeta. Me lo imagino leyendo todos los diarios del mundo en busca de
esa noticia que adorne la primera plana de su periódico celestial.
Tal
vez
publicó algunos de los más controversiales cables diplomáticos filtrados por
WikiLeaks, tal vez envío a un corresponsal a cubrir las revueltas populares en
Egipto, Túnez y Libia o reportar en vivo los estragos del tsunami en Japón.
Estoy
segura
que le daría una sección especial a Yaoni Sánchez, la blogger que escribe lo
que nadie se atrevería a escribir sobre la realidad de Cuba, ni los medios
internacionales. Una periodista que desde su habitación conectada en su
computadora cumple el sueño de Don Carlos de revivir y fortalecer la prensa
libre en su país natal.
Tal
vez en sus
tiempos libres Don Carlos mira con orgullo los movimientos en las redes
sociales, el avance de la transparencia y el acceso a la información en Ámerica
Latina y la proliferación del periodismo en español en el mundo.
Por
ahora no
sabremos que se publica en el aquel periódico. Sólo algo es certero: la
redacción no dejaría de operar un segundo, la redacción nunca estaría carente
del ruido de los teclados, de las voces ansiosas, de los timbres telefónicos.
Las
filas para
proponer un artículo a Don Carlos se harían casi interminables al caer la
noche, unas horas después del cierre de edición.
Los
reporteros
alados batallarían con sus colegas por obtener una primicia, un documento
inédito, una entrevista exclusiva, pero no cantarán victoria hasta escuchar de
la voz de su editor soltar un “uuuuuh”.

|
Andrea Muñoz |
¿Por
qué Carlos Castañeda fue un paladín de la libertad de prensa y los derechos
humanos?
La
réplica de Carlos Castañeda
Por Andrea
Muñoz Hinrichsen
Ese
día la reportera le trajo un recado. “El Nuevo
Día publica lo que le conviene”,
manifestó un político de alto rango
durante la rueda de prensa que cubría la periodista.
En
ese momento Carlos Castañeda no dijo nada. El director del periódico sonrió, se
dio media vuelta, y se encaminó a su oficina. Cinco minutos después se lo oyó
vociferar por el teléfono: “Dígale que si en media hora no se disculpa a este
periódico, a los que aquí trabajan y a sus lectores, esto tendrá repercusiones
muy desagradables”.
Menos
de una hora después, el político de charreteras y la cabeza de El Nuevo Día se encerraban en esa misma habitación. El primero
para pedir disculpas, aunque ni él mismo lo sabía mientras se dirigía con paso
firme a esa oficina, y el segundo para aprovechar de darle “una clase magistral
sobre libertad de prensa”, como relata Héctor J. Héreter, en una columna
publicada en 2002 en la revista Domingo
de El Nuevo Día.
¿Qué
fue lo que dijo Castañeda? Héreter no lo cuenta. Pero podemos intentar
reconstruir su argumento de otra manera, sin recurrir a las palabras que
pronunció esa tarde. Para determinar cómo defendió la libertad de prensa
atenderemos a lo que practicó este periodista cubano. No sólo ese día, sino
durante toda su vida. En último término, de ahí puede extraerse un argumento
mucho más poderoso que aquel que simplemente se pronuncia, pues la de Carlos
Castañeda fue una libertad que siempre se mantuvo en ejercicio.
Desde
un comienzo la aproximación de Castañeda a este principio fue muy concreta.
Durante el Bachillerato editaba una revista de la Academia Literaria José María
Heredia, en el colegio La Salle. En una ocasión publicó una editorial que
aparentemente no dejaba muy bien parada a la primera dama de la república, lo
que despertó la inquietud de un profesor. Éste, como cuenta Lillian Castañeda,
le pidió más tino en la elección de los futuros temas, pues la argumentación
era tan sólida y la escritura tan precisa que los apoderados podían pensar que
la mano que ahí escribía no era de un alumno sino de un maestro.
Las
ideas bien razonadas y escritas podían irritar. El profesor, sin embargo, no se
inmiscuyó en las decisiones editoriales de los estudiantes.
Pero
Castañeda continuó incomodando.
En
Cuba primero. Originalmente simpatizante de “los barbudos”, no se andaba con
miramientos a la hora de entrevistar a Fidel Castro. Como relata Saúl Pérez Lozano,
se hizo célebre aquel “oiga, comandante” con el que encabezaba sus incisivas
preguntas.
Comprendió
rápidamente que la revolución terminaría en dictadura. Antes del año ya se
había enfrentado a Castro, según documenta Carlos Alberto Montaner. Sus armas
eran sutiles, pero no por eso menos incendiarias: fue su imparcialidad de
juicio lo que lo desterró de Cuba. Como él mismo relata en Ser Periodista, una
conferencia dada en 1997 en Puerto Rico, aquella sociedad polarizada no
toleraba la ecuanimidad que caracterizaba su estilo periodístico.
Tuvo
que partir a Estados Unidos para continuar haciendo su oficio. Junto a varios
directores y colaboradores de Bohemia,
célebre revista donde trabajaba antes de su exilio, se instaló en Nueva York.
Desde ahí la refundaron, con el objetivo de analizar y dar a conocer la
situación cubana.
Tras
su paso por la edición de Life
en español, donde llegó
a ser
subeditor, emprendió un proyecto que para muchos parecía una temeraria movida
profesional. Partió a Puerto Rico, con la misión de relanzar El Día, un periódico que a su llegada tenía una
circulación de 5 mil ejemplares diarios.
No
se dejó intimidar. A la cabeza de El Nuevo Día combatió
presiones. Un incidente paradigmático ocurrió en 1982, para la celebración de los
Juegos Centroamericanos y del Caribe, que se celebraron en Cuba. Las maniobras
del presidente del Comité Olímpico de Puerto Rico terminaron por impedirle la
entrada a su jefe de la sección de deportes, el
cubano Jesús García, a quien se acusaba de ser contrario a la revolución.
La
respuesta de Castañeda fue contundente. El Nuevo
Día
no llegó a entrar a Cuba, pero la información que publicó el periódico resultó
mucho más iluminadora para los lectores. Fueron los únicos que lograron captar
y difundir los hechos verdaderamente noticiosos que ocurrieron en los juegos.
Durante
once días seguidos sus editoriales no sólo denunciaron al presidente del Comité
Olímpico, quien impedía la libertad de prensa y una cobertura imparcial en la
isla. Sus descargos también se dirigieron a Castro: “Dentro de un régimen
totalitario sin ley ni derechos (...) constituía una temeridad aceptar entrar a
Cuba en esas condiciones”, escribió en una editorial aludiendo a la oferta que
se le hizo a Chú García de entrar como turista, y no como reportero.
Pero
fue el periódico rival, El
Mundo, quien se llevó
las más ácidas críticas. Este medio no sólo no hizo nada por impedir este
atropello a la libertad de expresión; además colaboró con la artimaña, publicó
afirmaciones falsas e incluso llegó a bendecir la ausencia de El Nuevo Día durante la competencia. Al
parecer, resultaba más atractivo quedarse con la exclusiva e intentar vender
más periódicos que defender los principios del buen periodismo.
Es
precisamente en este punto donde aparece la singular riqueza y complejidad de
la defensa a la libertad de prensa que llevó a cabo Castañeda. Éste era un
genio de las ventas. Se lo consideraba un verdadero médico de periódicos y era
capaz de resucitar medios que ya estaban en su lecho de muerte. Bajo su
dirección, la circulación de El Nuevo Día pasó de los 5 mil ejemplares a los
200 mil. Lo mismo ocurrió mientras estuvo al mando de El Nuevo Herald. Pero el
periodista no estaba dispuesto a pagar cualquier precio por conseguir un alza
en la circulación. “Información confiable, exacta y precisa”, era, en sus
palabras, lo primero que espera un lector de un periódico. Castañeda lo puso en
práctica y al hacerlo comprendió a cabalidad una de las dimensiones menos
evidentes de la libertad de expresión: que ésta siempre tiene fronteras,
límites.
Él
acostumbraba a citar a José Martí para explicar cuáles eran los suyos: “No
publiques como periodista lo que no serías capaz de sostener como caballero”. Y
también, como dijo en la conferencia que dictó en 1997 en San Juan: “Ser
periodista exige responsabilidad e integridad. (…) Manéjanse muchas veces
la confianza puesta por un
informante en el periodista, o el documento dado con alta confiabilidad, y hay
que tener conciencia del daño que puede ocasionarse con el uso ligero de una
cita inexacta o fuera de contexto, o la tergiversación de una confidencia
contenida en un informe privado”.
La
libertad de expresión no es irrestricta. Su defensa no permite pasar a llevar
otro valor más fundamental, al que este derecho se supedita: el valor de la
verdad.
Pero
Castañeda entendía que en todo asunto donde se involucran acciones humanas,
existen ocasiones en que no es fácil discernirla. Y por eso es necesario que
los distintos actores sociales expongan libremente sus ideas, pues sólo a
través del diálogo nos acercaremos un poco más a ésta. Esa es la razón por la
que, a su juicio, era legítimo que los periódicos expresaran un determinado
punto de vista. La grandeza de Castañeda, es que junto con tomarse el derecho a
adoptar cierta perspectiva filosófica, fomentó que otros hicieran lo mismo:
“Precisamente, por tenerse ideas propias no hay que temer a las ideas ajenas”,
escribió en un manuscrito titulado La libertad de
prensa.
Él
no les temía. Congregó a columnistas del más variado espectro político en El
Nuevo Día: el PNP,
tendencias maoístas, aquellas más
liberales y también las anticastristas se encontraron en su periódico. Más
importante aún, les concedió a éstos plena libertad y confianza. José Luis Díaz
de Villegas relata que la primera vez que Mike Santín, legendario periodista de
El Mundo, publicó una columna El Nuevo Día,
Castañeda la mandó a la imprenta sin siquiera haberla leído. La columna venía
cargada de ideas políticas opuestas a las de este medio. Pero el director del
periódico se limitó a preguntarle a Santín si estaba conforme con lo que había
escrito y, ante su confirmación, repuso que entonces él no tenía para qué
leerlo.
Lo
habrá leído a la mañana siguiente, en la edición impresa, como uno más de los
lectores que con tanta fidelidad devoraban las páginas del periódico.
Los
altos niveles de circulación que alcanzaron los medios que él dirigía
demuestran nuevamente que aquí nos encontramos ante un paladín de la libertad
de prensa. Castañeda fue un gran defensor de este derecho precisamente porque
consiguió que la gente leyera sus periódicos.
A
primera vista podría pensarse que no existe ninguna relación entre los índices
de lectoría de un medio determinado y la libertad de expresión. Pero si
escarbamos un poco más hondo en este concepto veremos que sí existe una
conexión fundamental. Ya hemos dicho que la libertad de prensa nunca puede ser
irrestricta; que existen límites a lo que se puede decir o escribir. Pero
además de esta característica, ésta presenta otra cualidad: no es un valor en
sí mismo, sino uno instrumental. No se busca como un fin último, sino que
siempre se persigue en atención a otra cosa.
¿Y
qué es aquello por lo que se busca la libertad de prensa? El contribuir a
formar ciudadanos autónomos, librepensadores. Personas que sean capaces de
formarse sus propias ideas y de decidir en consecuencia, obedeciendo los
dictados de su razón y conciencia y no por obra del hábito, la costumbre o el
prejuicio acrítico. Y en eso, la lectura de periódicos resulta fundamental,
especialmente si éstos constituyen un espacio de discusión para opiniones
encontradas como eran los de Castañeda.
Eso
fue precisamente lo que logró. Entendía que para que los periódicos se leyeran
había que hacerlos atractivos, y por eso “vestía al muñeco” de la manera más
seductora posible. No sólo a través de un diseño sofisticado sino también
utilizando un lenguaje directo y accesible, sin por ello llegar a ser
simplista. Las ideas venían debajo de esa cáscara sensacional. A primera podrían
pasar desapercibidas, entre los colores llamativos y las fotos impactantes,
pero estaban ahí y de ahí pasaban a las mentes de los lectores.
No
sabemos qué le contestó Castañeda esa tarde al político de renombre. No
quedaron registros de esa clase magistral. Pero quienes no estuvimos presentes
aún tenemos cómo aprender sobre libertad de prensa. El periodismo no puede
enseñarse, solía decir, pero sí inspirarse. Como nos pasa a las nuevas
generaciones cuando estamos frente a su legado.
Algún tiempo después de concedida la beca, la FECMC le pidió
a cada uno de sus a sus becarios que nos contaran qué significado había tenido para ellos recibirla y qué efecto había causado
en su vida. Aquí está lo que escribieron:

|
Ana Teresa Toro |
Ganar
la Beca Castañeda
Por
Ana Teresa Toro
Escribo estas líneas un domingo
en Madrid. Llego a la casa después de haber andado por el Rastro y haber
probado algo de comida turca. Cargo una libreta de apuntes en la cartera, hay
algunas notas que dentro de unas horas serán una crónica. Cuando se es
periodista, de verdad y en esencia, no es posible digerir las cosas de otro
modo, hay que escribir sobre ellas, hayque investigarlas y sobre todo hallar en
la más estéril cotidianeidad el pedacito de terreno fértil para la noticia.
Hoy vivo en esta ciudad, me
preparo para comenzar en apenas unos días mi maestría en Literatura y Cultura
Hispanoamericana en el programa de la Universidad de Nueva York (NYU) en
Madrid. Fueron muchos los pasos necesarios para que esta experiencia pudiese
concretarse. Mucho papeleo, decisiones importantes que garantizan un cambio de
vida radical y muchas cuentas que sacar. Entre esas decisiones estuvo el dejar
un trabajo que amo, que conseguí a muy temprana edad y que aparte de ser espacio
de creación fue espacio de mucho aprendizaje. Me refiero a mi paso como
reportera de la sección de Cultura del diario El Nuevo Día. Fue allí que
escuché por primera vez el nombre de Carlos Castañeda, me corrijo quizás lo
escuché antes en la Universidad de Puerto Rico, pero fue en el periódico que
ese nombre comenzó a cobrar sentido. Todo mundo allí tiene su propia historia
con Castañeda y aunque no tuve el privilegio de conocerle en vida, sí he tenido
la suerte de haber podido vivir mi propia historia con Carlos Castañeda a
través de las personas que dirigen la fundación educativa que lleva su nombre.
Les cuento. Cuando decidí
realizar estudios graduados en literatura y cultura lo hice con la convicción
de que me servirían como una herramienta fundamental dentro de mi desempeño
como periodista cultural en mi País. Me gradué de periodismo en la UPR y esa
formación que obtuve me hizo comprender la importancia y el valor del
aprendizaje de las materias de modo estructurado, en la mejor tradición
universitaria. Pero también me hizo darme cuenta de que el periodista que
pretenda llevar su trabajo a otro nivel, que quiera ser algo más contundente
que un fotuto, o un mero reproductor de información debe sin duda, contar con
un bagaje histórico, social y cultural que se puede comenzar a desarrollar
ampliamente a través de los estudios humanísticos. Eso se nota en la escritura.
Ese fue uno de mis planteamientos cuando solicité la beca Castañeda y debo
decir que, aunque no hubiese ganado la beca, el saber que se tomó en cuenta una
inquietud formativa como la que presenté era la prueba que necesitaba para
saber que andaba por el camino preciso.
Me pregunta la Sra. Castañeda
que, ¿qué ha significado ganar la beca para mí? Una pregunta muy amplia, pero
que primero se contesta con una más amplia sonrisa. Haber obtenido esta Beca
significa mucho más que el apoyo económico que brinda la fundación para poder
realizar este proyecto académico, profesional y vivencial, significa ver mi
nombre ligado al de una persona que demostró un compromiso sólido con el
desarrollo de un periodismo que abarcara mucho más allá de esos principios
básicos que aprendemos en la universidad: educar, informar y entretener. Haber
obtenido la Beca Castañeda significa darme cuenta del respeto que le profesan
sus colegas a la figura de Castañeda, significa saberme receptora y responsable
de un legado de valores éticos que tocará a mi generación sostener en los años
venideros, significa sentirme respaldada en mi credo y apreciación a la
educación, significa el despertar de nuevas curiosidades hacia lo que Castañeda
formó y lo que quedará de nosotros desarrollar, significa que más que una beca
es un intercambio, un compromiso común entre los que queremos hacer y los que
nos abren el camino para ello.
Podrían decirse muchas más cosas
pero es domingo en Madrid, la ciudad llama y gracias a ustedes podré encontrar
cientos de historias que contar porque cuando se es periodista no hay doble
vida, hay una sola, se vive, se respira, se profesa la profesión. Gracias a todos
los que colaboran con este proyecto y ya nos volveremos a ver pero en la forma
de la tinta y ese olor tan vivo que tiene cuando se mezcla con el papel.
Lillian Castañeda y Paul Alonso, primer becado |

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La
FECMC y los nuevos retos del periodismo por Paul Alonso
Nunca conocí a Carlos Castañeda, pero sé
de su
legado. Tras leer el libro “Ser periodista”, en el cual se repasa la obra y
aporte de Castañeda a la prensa de esta parte del mundo, no se me hizo difícil
entender cómo pensaba. Compartía sus ideales de libertad de expresión,
modernización del oficio, capacitación constante, espíritu crítico, servicio
público e innovación. Entonces, recién entendí por qué me habían elegido como
el primer becado de la Fundación que lleva su nombre y que eso representaba una
responsabilidad.
Estudié Literatura y Lingüística en la Universidad
Católica del Perú, y desde los 19 años comencé a publicar textos periodísticos
en diversos medios de Lima. Al mismo tiempo, dirigía una revista cultural
universitaria y combiné el oficio reporteril con la escritura de ficción.
Luego, partí para estudiar un postgrado en Estados Unidos, donde también
trabajo en el Knight Center for Journalism in the Americas y colaboro con
publicaciones internacionales. Esta breve experiencia me hizo un convencido y
comprometido con los ideales que comparto con la FECMC.
Como periodista y escritor en ciernes de
28 años, el
reconocimiento de la FECMC ha estimulado el posterior desarrollo de mi carrera,
tanto en el periodismo práctico, como en el mundo académico. También me ayudó a
confirmar que uno no está tan solo en la disparatada tarea de informar y narrar
críticamente a Latinoamérica. Aunque el periodismo es un oficio que sólo se
aprende en una sala de redacción, haciendo preguntas, recorriendo calles y
sentándose frente a un teclado, es necesario elevar el nivel de educación
superior de los que lo practicamos.
Por mi cuenta, he completado en tres años
una
maestría doble de Periodismo y Estudios Latinoamericanos en la Universidad de
Texas en Austin, el último año con ayuda de la Fundación. Ahora, comienzo el
doctorado en Periodismo. Estos post-grados eran quizá impensables para las
generaciones precedentes de reporteros y editores de quienes jóvenes como yo
hemos aprendido decididamente. Sin embargo, la creación de estos grados
académicos y el acceso a ellos por algunos reporteros como yo es un síntoma de
los tiempos. Hace poco, escuché decir a
Jesús Martín Barbero, el reconocido estudioso de las comunicaciones, que
el nuevo tipo de intelectual que reclama la región es “el comunicador”. Más
exactamente, el periodista. Y creo que no se equivoca. Aunque es un campo
bastante virgen como objeto de estudio académico, el periodismo y sus
practicantes ejercen una labor interdisciplinaria que los transforma en
etnógrafos, especialistas, testigos, historiadores, y tantas otras funciones
que pueden acercar la criticada brecha entre la academia y el mundo. Creo que
este era el tipo de periodismo inteligente para el cual trabajó Carlos
Castañeda.
De esta manera, la FECMC
cumple una función
visionaria: apoyar a los jóvenes reporteros que escriben en español para
acceder a estudios graduados y entender mejor la región sobre la que estamos
dulcemente condenados a escribir. Y esto es indispensable en tiempos en los
cuales Latinoamérica enfrenta nuevos retos: las reformulaciones que toman los
autoritarismos de corte populista, la concentración de medios, las crisis
sociales y políticas que responden a específicos contextos nacionales y
locales, los altos índices de pobreza, los ataques contra la libertad de prensa
y contra periodistas, entre tantos otros. Por otro lado, Internet y el
periodismo digital abren las posibilidades de nuevas maneras de contar
historias y exhiben campos por descubrir en la prensa contemporánea. Sólo con
un amplio panorama intelectual del mundo que nos toca vivir, el conocimiento
técnico necesario y la curiosidad insaciable el periodismo latinoamericano
podrá reinventarse para mejor. La FECMC es parte de este proceso, y esto debe
ser uno de los más elogiosos legados de aquel periodista que nunca conocí.
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