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Artículos, ensayos, entrevistas y otros trabajos escritos por los becados.
Con este ensayo de Maria Andrea Muñoz, ganadora de la Beca Carlos M. Castañeda 2010, comenzamos a publicar en esta página algunos de los trabajos de los becados.

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El periodista de tinta

Por Mónica Cruz Rosas

 

Mi primer ídolo periodístico fue de tinta. Tintín, el reportero adolescente de Bruselas, me convenció de seguir la noticia el resto de mi vida. Sí, mi inspiración para convertirme en periodista fue un personaje de historieta.

Suena raro, pero incluso a mis 12 años creía que un periodista como Tintín sólo podía vivir en las páginas de un libro de ficción: un reportero que a los 14 años ya cubría temas de coyuntura internacional, un idealista, incorruptible, que no se doblegaba ni ante el más temible gánster neoyorkino ni el más poderoso dictador sudamericano.

Estaba equivocada. Los prodigios del periodismo sí existen. Son raros especímenes que nacen con tinta en las venas, con ojos suprahumanos  que logran captar los detalles que se escabullen de la visión ordinaria. Para ellos la noticia no es una partícula que sólo se encuentra con lupa. Las noticias están en todas partes y se pegan a ellos como un imán.

Carlos M. Castañeda pertenece a esa breve lista de periodistas. Don Carlos (sé que así lo hubiera llamado si lo hubiera tenido la oportunidad de conocerlo) comenzó su carrera de reportero y editor en una Cuba intranquila, ávida de cambio, cuando la sangre de la isla hervía a su punto máximo. No fue coincidencia. La época pedía a gritos un periodista que observara la Revolución, sus personajes y alicientes desde un punto de vista crítico, falto de pasión e impulso.

No hubo mejor entrenamiento que esta crucial transición política y social para que Don Carlos desarrollara un elemento esencial que todo periodista debe adquirir a la par de sus habilidades para escribir, entrevistar, investigar y editar.

Ese talento no se aprende en el aula y ni siquiera dentro de la redacción, es un sentido de olfato para detectar la censura, ya sea latente o presente. Una vez descubierto ese virus invasivo, un impulso obliga al cuerpo y a la mente pelear sin descanso para acabar con él y proteger a toda costa la libertad de expresión y el poder de informar.

Don Carlos, guiado por ese impulso, trabajó en la revista Bohemia como un reportero incansable que no le temía a la ofensa ajena o la represión de un sistema alérgico a la disidencia.

Sus entrevistas a Fidel Castro y a Ernesto “Che” Guevara fueron simbólicas. No sólo reflejaban el ocaso de la lucha revolucionaria, también el primer y último encuentro entre el gobierno castrista y la prensa cubana libre e independiente.

Don Carlos predijo el fin de la libertad de expresión y prensa en su país natal, probablemente antes que los represores mismos.

Con el corazón roto pero con una visión periodística inquebrantable, Carlos M. Castañeda se despidió de Cuba y continuó su vocación en Estados Unidos.

Don Carlos pudo haberse intimidado ante la gigantesca y caótica Ciudad de Nueva York. Pudo haberse sentido perdido en ese monstruo de asfalto y metal, y haberse conformado con un trabajo secundario o terciario en la redacción de alguna de las miles de publicaciones neoyorkinas. Ese nunca fue su destino. Un periodista con tinta en las venas está hecho para romper paradigmas, cumplir misiones que parecían imposibles y defender su oficio sin claudicar mientras guía a otros en su camino.  Don Carlos hizo exactamente eso.

Leí el nombre de Carlos M. Castañeda por primer vez cuando escribía mi tesis de licenciatura sobre periodismo estudiantil. Buscaba ejemplos de periodistas que habían comenzado su carrera desde estudiantes para probar mi punto de que el periodismo estudiantil forma a grandes periodistas.

Y que mejor ejemplo que un editor y reportero cubano que no sólo colaboró en el periódico de su colegio sino que lo convirtió en un medio rentable.

El talento innato de Don Carlos para impulsar los medios de comunicación era indiscutible. No por nada le apodaron “el doctor del periodismo”, pero él representaba una rara combinación: tenía la visión empresarial de los grandes impulsores de la comunicación masiva como William Hearst. Tenía una impresionante habilidad para vender periódicos, de captar la atención de las personas y convertirlas en fieles lectores.

Pero a diferencia de los magnates de las publicaciones estadunidenses, Don Carlos era primero que nada periodista. Un periodista entiende que antes que las ventas, que el impacto, que los espacios publicitarios está la información y que la información no son datos esporádicos, cifras o citas alineadas en columnas.

Un medio informativo debe guiar a la audiencia en un mundo que a ratos parece no tener sentido. Para lograrlo, un medio y el equipo que lo conforma debe ser franco con la audiencia y presentarle la el mayor numero posible de perspectivas de puntos de vista de factores. Sin contexto no hay noticia.

No es posible cumplir esta misión sin la libertad de prensa y la libertad de expresión. Esto lo entendía Don Carlos a la perfección. Y a diferencia de los falsos defensores de la libertad, este periodista no se dedicó a gritar consignas y a dar discursos rimbombantes sobre la importancia de la prensa en la democracia. Él demostró sus ideales a través de acciones concretas.

Don Carlos revivió un periódico de Puerto Rico y lo convirtió en El Nuevo Día, qué nombre tan atinado. Junto con El Nuevo Día, Don Carlos también contribuyó a un nuevo despertar de  la sociedad puertorriqueña que desgraciadamente ha estado acompañada de conflictos políticos, discriminación  y la represión. El Nuevo Día le inyectó una dosis de poder e identidad al reflejar en sus páginas un sentir propio y no el de una sociedad ajena.

Don Carlos no sólo creo un periódico de puertorriqueños para puertorriqueños, creó un espacio donde todas las voces participaban en un debate robusto del ambiente político y social del Puerto Rico, la única forma de entenderla y llevarla a un mejor estado.

El fundador de El Nuevo Día sabía que creer en la libertad es creer en la libertad para todos y no solo unos cuantos. Es por eso que tiró los conceptos arcaicos de la “sección rosa”, las  noticias ligeras para mujeres, cuyos autores las consideraban incapaces de leer y entender el resto de los artículos en el periódico.

Sería un error pensar que el éxito de las publicaciones dirigidas por Carlos M. Castañeda se debieron únicamente a su perspicacia en el negocio editorial.

Los medios de comunicación son tal vez el único producto comercial en el mundo cuya prosperidad esta sujeta a la credibilidad, a la veracidad, al pensamiento progresista y el ejercicio de los derechos universales de expresión. Un medio que no sigue estos valores, es un medio destinado a desaparecer.

Don Carlos entendía que la libertad de prensa no es solo el derecho a escribir y a publicar, es abrir las paginas de la publicación a voces e ideas que rara vez son consideradas. Es fácil defender el punto de vista popular, el que concuerda con el gobierno y el status quo, es el impopular y el incomodo el que debe defenderse.

Los policías enredaron la manija de la puerta con una larga cadena y unieron los extremos con un candado. Debían cerciorarse que desde ese momento nadie entrara o saliera de la redacción del periódico estudiantil. Eran órdenes de los altos mandos de la universidad.

Esa fría noche de enero cuando atestiguaba mi primera experiencia con la censura, mil pensamientos martillaban mi cabeza, pero sólo uno se mantenía claro y estático: “Tengo que hacer algo”.

En 2007, el periódico estudiantil de mi universidad donde había trabajado desde mi primer semestre fue censurado por la administración de la universidad. La razón me la dijo uno de los decanos: “Se volvieron demasiado profesionales”.

La verdad es que nunca supimos qué artículo, qué fotografía o caricatura había sido la causante de la extrema medida. Nosotros sólo cumplíamos la misión de hacer periodismo para la comunidad universitaria, siguiendo los mismos estándares de veracidad, balance y ética que los grandes diarios internacionales.

Pero la universidad que sufría una crisis financiera y política no podía darse el lujo de tener un periódico estudiantil que expusiera la lucha de poderes e intereses que ocurría dentro del campus. Para mantener su buena imagen realizaron el contradictorio acto de reprimir las voces dentro de la universidad.

Antes de esa noche, creía entender el concepto de libertad de prensa, lo había leído en los libros y en los reportes de las organizaciones de periodistas, pero fue la censura del periódico estudiantil lo que me hizo entender la importancia de defender la prensa libre.

Desde entonces, exponer y denunciar la censura es mi segundo empleo. Sigo los pasos de periodistas como Carlos M. Castañeda que no sólo defienden su derecho a escribir y hacer noticias sin censura, sino el derecho de los que no pueden defenderlo por si mismos.

Como un importante miembro de la Sociedad Interamericana de Prensa, Don Carlos denunció los maltratos y las reprimendas a periodistas cubanos que arriesgaban su integridad y su salud física y mental para exponer la realidad de su país sin el maquillaje propagandístico de la prensa oficial.

También le dio espacio en la páginas del Nuevo Herald a los textos de estos periodistas, mostrando al mundo una Cuba más transparente, sin estigmatizarla o aplaudirla, simplemente proyectando un país lleno de contrastes y complejidades.

Más que convertirme en una famosa y respetada reportera quisiera convertirme en un abogada de la libertad de prensa en mi país.

México es uno de los países más peligrosos para ejercer el periodismo. El narcotráfico y los gobiernos corruptos buscan tumbar el oficio periodístico con los métodos más brutales.

Muchos periodistas han sido asesinados  haciendo su trabajo. Los que estamos vivos tenemos la obligación de denunciar la censura, pero sobretodo continuar con el trabajo de los que ya no están.

Carlos M. Castañeda nunca dudó en hacer ambas. Defendió los derechos de los periodistas y expuso la censura incluso en sus últimos días.

Lo malo de ser periodista es que el oficio nunca está en sincronía con el cuerpo. La pasión por encontrar y reportar la noticia mantienen el mismo ímpetu y energía desde que su origen, pero el cuerpo se desgasta y nos traiciona. Las personas más cercanas a  Carlos M. Castañeda coinciden en que el periodista se fue demasiado temprano.

Pero dudo que su carrera periodística haya llegado a su fin. Él aseguró que su vocación trascendería su estancia en la Tierra. Prometió la fundación de un periódico en el cielo. Basta con dar un vistazo a su historial de publicaciones para decir con seguridad que ese periódico ya está en circulación.

Quién sabe qué estará pasando en el cielo, qué sucesos son los que provocan las lluvias o los paisajes despejados, pero estoy segura que aquella publicación tiene una sección de noticias terrestres.

Dudo mucho que Don Carlos no esté tentado a asomarse de vez en cuando para observar este caótico planeta. Me lo imagino leyendo todos los diarios del mundo en busca de esa noticia que adorne la primera plana de su periódico celestial.

Tal vez publicó algunos de los más controversiales cables diplomáticos filtrados por WikiLeaks, tal vez envío a un corresponsal a cubrir las revueltas populares en Egipto, Túnez y Libia o reportar en vivo los estragos del tsunami en Japón.

Estoy segura que le daría una sección especial a Yaoni Sánchez, la blogger que escribe lo que nadie se atrevería a escribir sobre la realidad de Cuba, ni los medios internacionales. Una periodista que desde su habitación conectada en su computadora cumple el sueño de Don Carlos de revivir y fortalecer la prensa libre en su país natal.

Tal vez en sus tiempos libres Don Carlos mira con orgullo los movimientos en las redes sociales, el avance de la transparencia y el acceso a la información en Ámerica Latina y la proliferación del periodismo en español en el mundo.

Por ahora no sabremos que se publica en el aquel periódico. Sólo algo es certero: la redacción no dejaría de operar un segundo, la redacción nunca estaría carente del ruido de los teclados, de las voces ansiosas, de los timbres telefónicos.

Las filas para proponer un artículo a Don Carlos se harían casi interminables al caer la noche, unas horas después del cierre de edición.

Los reporteros alados batallarían con sus colegas por obtener una primicia, un documento inédito, una entrevista exclusiva, pero no cantarán victoria hasta escuchar de la voz de su editor soltar un “uuuuuh”.

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Andrea Muñoz

¿Por qué Carlos Castañeda fue un paladín de la libertad de prensa y los derechos humanos?

 La réplica de Carlos Castañeda

 Por Andrea Muñoz Hinrichsen

 Ese día la reportera le trajo un recado. “El Nuevo Día publica lo que le conviene”, manifestó un político de alto rango durante la rueda de prensa que cubría la periodista.

En ese momento Carlos Castañeda no dijo nada. El director del periódico sonrió, se dio media vuelta, y se encaminó a su oficina. Cinco minutos después se lo oyó vociferar por el teléfono: “Dígale que si en media hora no se disculpa a este periódico, a los que aquí trabajan y a sus lectores, esto tendrá repercusiones muy desagradables”.

Menos de una hora después, el político de charreteras y la cabeza de El Nuevo Día se encerraban en esa misma habitación. El primero para pedir disculpas, aunque ni él mismo lo sabía mientras se dirigía con paso firme a esa oficina, y el segundo para aprovechar de darle “una clase magistral sobre libertad de prensa”, como relata Héctor J. Héreter, en una columna publicada en 2002 en la revista Domingo de El Nuevo Día.

¿Qué fue lo que dijo Castañeda? Héreter no lo cuenta. Pero podemos intentar reconstruir su argumento de otra manera, sin recurrir a las palabras que pronunció esa tarde. Para determinar cómo defendió la libertad de prensa atenderemos a lo que practicó este periodista cubano. No sólo ese día, sino durante toda su vida. En último término, de ahí puede extraerse un argumento mucho más poderoso que aquel que simplemente se pronuncia, pues la de Carlos Castañeda fue una libertad que siempre se mantuvo en ejercicio.

Desde un comienzo la aproximación de Castañeda a este principio fue muy concreta. Durante el Bachillerato editaba una revista de la Academia Literaria José María Heredia, en el colegio La Salle. En una ocasión publicó una editorial que aparentemente no dejaba muy bien parada a la primera dama de la república, lo que despertó la inquietud de un profesor. Éste, como cuenta Lillian Castañeda, le pidió más tino en la elección de los futuros temas, pues la argumentación era tan sólida y la escritura tan precisa que los apoderados podían pensar que la mano que ahí escribía no era de un alumno sino de un maestro.

Las ideas bien razonadas y escritas podían irritar. El profesor, sin embargo, no se inmiscuyó en las decisiones editoriales de los estudiantes.

Pero Castañeda continuó incomodando.

En Cuba primero. Originalmente simpatizante de “los barbudos”, no se andaba con miramientos a la hora de entrevistar a Fidel Castro. Como relata Saúl Pérez Lozano, se hizo célebre aquel “oiga, comandante” con el que encabezaba sus incisivas preguntas.

Comprendió rápidamente que la revolución terminaría en dictadura. Antes del año ya se había enfrentado a Castro, según documenta Carlos Alberto Montaner. Sus armas eran sutiles, pero no por eso menos incendiarias: fue su imparcialidad de juicio lo que lo desterró de Cuba. Como él mismo relata en Ser Periodista, una conferencia dada en 1997 en Puerto Rico, aquella sociedad polarizada no toleraba la ecuanimidad que caracterizaba su estilo periodístico. 

Tuvo que partir a Estados Unidos para continuar haciendo su oficio. Junto a varios directores y colaboradores de Bohemia, célebre revista donde trabajaba antes de su exilio, se instaló en Nueva York. Desde ahí la refundaron, con el objetivo de analizar y dar a conocer la situación cubana.  

Tras su paso por la edición de Life en español, donde llegó a ser subeditor, emprendió un proyecto que para muchos parecía una temeraria movida profesional. Partió a Puerto Rico, con la misión de relanzar El Día, un periódico que a su llegada tenía una circulación de 5 mil ejemplares diarios. 

No se dejó intimidar. A la cabeza de El Nuevo Día combatió presiones. Un incidente paradigmático ocurrió en 1982, para la celebración de los Juegos Centroamericanos y del Caribe, que se celebraron en Cuba. Las maniobras del presidente del Comité Olímpico de Puerto Rico terminaron por impedirle la entrada a su jefe de la sección de deportes, el cubano Jesús García, a quien se acusaba de ser contrario a la revolución.

La respuesta de Castañeda fue contundente. El Nuevo Día no llegó a entrar a Cuba, pero la información que publicó el periódico resultó mucho más iluminadora para los lectores. Fueron los únicos que lograron captar y difundir los hechos verdaderamente noticiosos que ocurrieron en los juegos. 

Durante once días seguidos sus editoriales no sólo denunciaron al presidente del Comité Olímpico, quien impedía la libertad de prensa y una cobertura imparcial en la isla. Sus descargos también se dirigieron a Castro: “Dentro de un régimen totalitario sin ley ni derechos (...) constituía una temeridad aceptar entrar a Cuba en esas condiciones”, escribió en una editorial aludiendo a la oferta que se le hizo a Chú García de entrar como turista, y no como reportero.

Pero fue el periódico rival, El Mundo, quien se llevó las más ácidas críticas. Este medio no sólo no hizo nada por impedir este atropello a la libertad de expresión; además colaboró con la artimaña, publicó afirmaciones falsas e incluso llegó a bendecir la ausencia de El Nuevo Día durante la competencia. Al parecer, resultaba más atractivo quedarse con la exclusiva e intentar vender más periódicos que defender los principios del buen periodismo.

Es precisamente en este punto donde aparece la singular riqueza y complejidad de la defensa a la libertad de prensa que llevó a cabo Castañeda. Éste era un genio de las ventas. Se lo consideraba un verdadero médico de periódicos y era capaz de resucitar medios que ya estaban en su lecho de muerte. Bajo su dirección, la circulación de El Nuevo Día pasó de los 5 mil ejemplares a los 200 mil. Lo mismo ocurrió mientras estuvo al mando de El Nuevo Herald. Pero el periodista no estaba dispuesto a pagar cualquier precio por conseguir un alza en la circulación. “Información confiable, exacta y precisa”, era, en sus palabras, lo primero que espera un lector de un periódico. Castañeda lo puso en práctica y al hacerlo comprendió a cabalidad una de las dimensiones menos evidentes de la libertad de expresión: que ésta siempre tiene fronteras, límites.

Él acostumbraba a citar a José Martí para explicar cuáles eran los suyos: “No publiques como periodista lo que no serías capaz de sostener como caballero”. Y también, como dijo en la conferencia que dictó en 1997 en San Juan: “Ser periodista exige responsabilidad e integridad. (…) Manéjanse muchas veces la  confianza puesta por un informante en el periodista, o el documento dado con alta confiabilidad, y hay que tener conciencia del daño que puede ocasionarse con el uso ligero de una cita inexacta o fuera de contexto, o la tergiversación de una confidencia contenida en un informe privado”.

La libertad de expresión no es irrestricta. Su defensa no permite pasar a llevar otro valor más fundamental, al que este derecho se supedita: el valor de la verdad.

Pero Castañeda entendía que en todo asunto donde se involucran acciones humanas, existen ocasiones en que no es fácil discernirla. Y por eso es necesario que los distintos actores sociales expongan libremente sus ideas, pues sólo a través del diálogo nos acercaremos un poco más a ésta. Esa es la razón por la que, a su juicio, era legítimo que los periódicos expresaran un determinado punto de vista. La grandeza de Castañeda, es que junto con tomarse el derecho a adoptar cierta perspectiva filosófica, fomentó que otros hicieran lo mismo: “Precisamente, por tenerse ideas propias no hay que temer a las ideas ajenas”, escribió en un manuscrito titulado La libertad de prensa.

Él no les temía. Congregó a columnistas del más variado espectro político en El Nuevo Día: el PNP, tendencias maoístas, aquellas más liberales y también las anticastristas se encontraron en su periódico. Más importante aún, les concedió a éstos plena libertad y confianza. José Luis Díaz de Villegas relata que la primera vez que Mike Santín, legendario periodista de El Mundo, publicó una columna El Nuevo Día, Castañeda la mandó a la imprenta sin siquiera haberla leído. La columna venía cargada de ideas políticas opuestas a las de este medio. Pero el director del periódico se limitó a preguntarle a Santín si estaba conforme con lo que había escrito y, ante su confirmación, repuso que entonces él no tenía para qué leerlo.

Lo habrá leído a la mañana siguiente, en la edición impresa, como uno más de los lectores que con tanta fidelidad devoraban las páginas del periódico.

Los altos niveles de circulación que alcanzaron los medios que él dirigía demuestran nuevamente que aquí nos encontramos ante un paladín de la libertad de prensa. Castañeda fue un gran defensor de este derecho precisamente porque consiguió que la gente leyera sus periódicos.

A primera vista podría pensarse que no existe ninguna relación entre los índices de lectoría de un medio determinado y la libertad de expresión. Pero si escarbamos un poco más hondo en este concepto veremos que sí existe una conexión fundamental. Ya hemos dicho que la libertad de prensa nunca puede ser irrestricta; que existen límites a lo que se puede decir o escribir. Pero además de esta característica, ésta presenta otra cualidad: no es un valor en sí mismo, sino uno instrumental. No se busca como un fin último, sino que siempre se persigue en atención a otra cosa.

¿Y qué es aquello por lo que se busca la libertad de prensa? El contribuir a formar ciudadanos autónomos, librepensadores. Personas que sean capaces de formarse sus propias ideas y de decidir en consecuencia, obedeciendo los dictados de su razón y conciencia y no por obra del hábito, la costumbre o el prejuicio acrítico. Y en eso, la lectura de periódicos resulta fundamental, especialmente si éstos constituyen un espacio de discusión para opiniones encontradas como eran los de Castañeda.

Eso fue precisamente lo que logró. Entendía que para que los periódicos se leyeran había que hacerlos atractivos, y por eso “vestía al muñeco” de la manera más seductora posible. No sólo a través de un diseño sofisticado sino también utilizando un lenguaje directo y accesible, sin por ello llegar a ser simplista. Las ideas venían debajo de esa cáscara sensacional. A primera podrían pasar desapercibidas, entre los colores llamativos y las fotos impactantes, pero estaban ahí y de ahí pasaban a las mentes de los lectores.

No sabemos qué le contestó Castañeda esa tarde al político de renombre. No quedaron registros de esa clase magistral. Pero quienes no estuvimos presentes aún tenemos cómo aprender sobre libertad de prensa. El periodismo no puede enseñarse, solía decir, pero sí inspirarse. Como nos pasa a las nuevas generaciones cuando estamos frente a su legado.   

 

 

Algún tiempo después de concedida la beca, la FECMC le pidió a cada uno de sus a sus becarios que nos contaran qué significado había tenido para ellos recibirla y qué efecto había causado en su vida.  Aquí está lo que escribieron:

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Ana Teresa Toro

Ganar la Beca Castañeda

Por Ana Teresa Toro

Escribo estas líneas un domingo en Madrid. Llego a la casa después de haber andado por el Rastro y haber probado algo de comida turca. Cargo una libreta de apuntes en la cartera, hay algunas notas que dentro de unas horas serán una crónica. Cuando se es periodista, de verdad y en esencia, no es posible digerir las cosas de otro modo, hay que escribir sobre ellas, hayque investigarlas y sobre todo hallar en la más estéril cotidianeidad el pedacito de terreno fértil para la noticia.

Hoy vivo en esta ciudad, me preparo para comenzar en apenas unos días mi maestría en Literatura y Cultura Hispanoamericana en el programa de la Universidad de Nueva York (NYU) en Madrid. Fueron muchos los pasos necesarios para que esta experiencia pudiese concretarse. Mucho papeleo, decisiones importantes que garantizan un cambio de vida radical y muchas cuentas que sacar. Entre esas decisiones estuvo el dejar un trabajo que amo, que conseguí a muy temprana edad y que aparte de ser espacio de creación fue espacio de mucho aprendizaje. Me refiero a mi paso como reportera de la sección de Cultura del diario El Nuevo Día. Fue allí que escuché por primera vez el nombre de Carlos Castañeda, me corrijo quizás lo escuché antes en la Universidad de Puerto Rico, pero fue en el periódico que ese nombre comenzó a cobrar sentido. Todo mundo allí tiene su propia historia con Castañeda y aunque no tuve el privilegio de conocerle en vida, sí he tenido la suerte de haber podido vivir mi propia historia con Carlos Castañeda a través de las personas que dirigen la fundación educativa que lleva su nombre.

Les cuento. Cuando decidí realizar estudios graduados en literatura y cultura lo hice con la convicción de que me servirían como una herramienta fundamental dentro de mi desempeño como periodista cultural en mi País. Me gradué de periodismo en la UPR y esa formación que obtuve me hizo comprender la importancia y el valor del aprendizaje de las materias de modo estructurado, en la mejor tradición universitaria. Pero también me hizo darme cuenta de que el periodista que pretenda llevar su trabajo a otro nivel, que quiera ser algo más contundente que un fotuto, o un mero reproductor de información debe sin duda, contar con un bagaje histórico, social y cultural que se puede comenzar a desarrollar ampliamente a través de los estudios humanísticos. Eso se nota en la escritura. Ese fue uno de mis planteamientos cuando solicité la beca Castañeda y debo decir que, aunque no hubiese ganado la beca, el saber que se tomó en cuenta una inquietud formativa como la que presenté era la prueba que necesitaba para saber que andaba por el camino preciso.

Me pregunta la Sra. Castañeda que, ¿qué ha significado ganar la beca para mí? Una pregunta muy amplia, pero que primero se contesta con una más amplia sonrisa. Haber obtenido esta Beca significa mucho más que el apoyo económico que brinda la fundación para poder realizar este proyecto académico, profesional y vivencial, significa ver mi nombre ligado al de una persona que demostró un compromiso sólido con el desarrollo de un periodismo que abarcara mucho más allá de esos principios básicos que aprendemos en la universidad: educar, informar y entretener. Haber obtenido la Beca Castañeda significa darme cuenta del respeto que le profesan sus colegas a la figura de Castañeda, significa saberme receptora y responsable de un legado de valores éticos que tocará a mi generación sostener en los años venideros, significa sentirme respaldada en mi credo y apreciación a la educación, significa el despertar de nuevas curiosidades hacia lo que Castañeda formó y lo que quedará de nosotros desarrollar, significa que más que una beca es un intercambio, un compromiso común entre los que queremos hacer y los que nos abren el camino para ello.

Podrían decirse muchas más cosas pero es domingo en Madrid, la ciudad llama y gracias a ustedes podré encontrar cientos de historias que contar porque cuando se es periodista no hay doble vida, hay una sola, se vive, se respira, se profesa la profesión. Gracias a todos los que colaboran con este proyecto y ya nos volveremos a ver pero en la forma de la tinta y ese olor tan vivo que tiene cuando se mezcla con el papel.

Lillian Castañeda y Paul Alonso, primer becado
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La FECMC y los nuevos retos del periodismo

por Paul Alonso

Nunca conocí a Carlos Castañeda, pero sé de su legado. Tras leer el libro “Ser periodista”, en el cual se repasa la obra y aporte de Castañeda a la prensa de esta parte del mundo, no se me hizo difícil entender cómo pensaba. Compartía sus ideales de libertad de expresión, modernización del oficio, capacitación constante, espíritu crítico, servicio público e innovación. Entonces, recién entendí por qué me habían elegido como el primer becado de la Fundación que lleva su nombre y que eso representaba una responsabilidad. 

Estudié Literatura y Lingüística en la Universidad Católica del Perú, y desde los 19 años comencé a publicar textos periodísticos en diversos medios de Lima. Al mismo tiempo, dirigía una revista cultural universitaria y combiné el oficio reporteril con la escritura de ficción. Luego, partí para estudiar un postgrado en Estados Unidos, donde también trabajo en el Knight Center for Journalism in the Americas y colaboro con publicaciones internacionales. Esta breve experiencia me hizo un convencido y comprometido con los ideales que comparto con la FECMC.

Como periodista y escritor en ciernes de 28 años, el reconocimiento de la FECMC ha estimulado el posterior desarrollo de mi carrera, tanto en el periodismo práctico, como en el mundo académico. También me ayudó a confirmar que uno no está tan solo en la disparatada tarea de informar y narrar críticamente a Latinoamérica. Aunque el periodismo es un oficio que sólo se aprende en una sala de redacción, haciendo preguntas, recorriendo calles y sentándose frente a un teclado, es necesario elevar el nivel de educación superior de los que lo practicamos.

Por mi cuenta, he completado en tres años una maestría doble de Periodismo y Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Texas en Austin, el último año con ayuda de la Fundación. Ahora, comienzo el doctorado en Periodismo. Estos post-grados eran quizá impensables para las generaciones precedentes de reporteros y editores de quienes jóvenes como yo hemos aprendido decididamente. Sin embargo, la creación de estos grados académicos y el acceso a ellos por algunos reporteros como yo es un síntoma de los tiempos. Hace poco, escuché decir a  Jesús Martín Barbero, el reconocido estudioso de las comunicaciones, que el nuevo tipo de intelectual que reclama la región es “el comunicador”. Más exactamente, el periodista. Y creo que no se equivoca. Aunque es un campo bastante virgen como objeto de estudio académico, el periodismo y sus practicantes ejercen una labor interdisciplinaria que los transforma en etnógrafos, especialistas, testigos, historiadores, y tantas otras funciones que pueden acercar la criticada brecha entre la academia y el mundo. Creo que este era el tipo de periodismo inteligente para el cual trabajó Carlos Castañeda. 

De esta manera, la FECMC cumple una función visionaria: apoyar a los jóvenes reporteros que escriben en español para acceder a estudios graduados y entender mejor la región sobre la que estamos dulcemente condenados a escribir. Y esto es indispensable en tiempos en los cuales Latinoamérica enfrenta nuevos retos: las reformulaciones que toman los autoritarismos de corte populista, la concentración de medios, las crisis sociales y políticas que responden a específicos contextos nacionales y locales, los altos índices de pobreza, los ataques contra la libertad de prensa y contra periodistas, entre tantos otros. Por otro lado, Internet y el periodismo digital abren las posibilidades de nuevas maneras de contar historias y exhiben campos por descubrir en la prensa contemporánea. Sólo con un amplio panorama intelectual del mundo que nos toca vivir, el conocimiento técnico necesario y la curiosidad insaciable el periodismo latinoamericano podrá reinventarse para mejor. La FECMC es parte de este proceso, y esto debe ser uno de los más elogiosos legados de aquel periodista que nunca conocí.